“Solo cuando un hombre haya superado a la muerte y lo imprescindible no exista, morirá la fiesta de los toros”. Jacques Cousteau
Introducción
No recuerdo la primera corrida a la que asistí. Sé que me llevaron a los toros siendo aún una bebé de brazos y tengo algunas imágenes grabadas. Los picadores, una torera llamada Maribel Atiénzar de quien recuerdo su cabello largo peinado en una trenza y su traje blanco y azabache, la arena, la plaza, sus olores.
Mi primer recuerdo un poco más completo es de cuando me regalaron dos orejas. Fue en Chinavita, Boyacá. Acompañábamos a este novillero, no sé por qué, pero puedo sentir las manos de mi papá cargándome para subirme en la barrera y la felicidad de ese instante. También recuerdo la sonrisa y los ojos verde azules que me miraban emocionados, pero a la vez con una ternura indescriptible. Pude cargar solo una oreja porque pesaban mucho. La última imagen que tengo de aquel día es sentada en el borde de una cama con la oreja en mis piernas. La veía inmensa y me preocupaba no tener la suficiente fuerza para cargarla. Esas orejas me las regaló Juan Antonio Ruiz, “Espartaco”, quien tiempo después empezó a cosechar triunfos en España y cada vez que salía en la prensa mi papá me llevaba el periódico y me decía, “mira, tu amigo torero está triunfando”. Me sentía la más orgullosa del universo.
Hay otro recuerdo que marcó mi vida que, sin planearlo, siempre ha estado ligada a los toros: el día que viajé con Juan de Castilla a Manizales. Por eso he decidido plasmar en estas líneas parte de su historia. Dejar constancia de lo que ha vivido hasta ahora y aportar a la memoria histórica de la tauromaquia en Colombia.
El novillero antioqueño Juan de Castilla acababa de viajar a España acompañado de un gran sueño: convertirse en figura del toreo. Los inicios de su trayectoria están resumidos en estas líneas.
Su entorno
Juan Pablo Correa Sánchez nació en Medellín el 7 de septiembre de 1994. Por aquellos días nadie se imaginaba que el hijo de Leila y Arbey, trece años después, decidiría hacerse torero. La noche del 6 de septiembre fue eterna para su madre, quien sabía que solo podría tener su parto por cesárea pero el médico que la recibió no atendió su pedido y le dijo que esperara a dilatar lo suficiente. “Me sentí mal como a las cinco de la tarde. Me fui para misa a pedirle a Dios que todo saliera bien. Dos horas después rompí fuente, salí para la clínica y ahí empezó mi calvario”. Cuenta Leila con la mirada perdida mientras recuerda aquel día. Amaneció sentada en una camilla de la Clínica León XIII, el lugar en que han nacido cientos de medellinenses. Al día siguiente llegó el ginecólogo que había atendido sus citas de control e inmediatamente la pasaron al quirófano. Allí nació Juan a las nueve y trece minutos de la mañana.
Creció en Castilla, un barrio al noroccidente de Medellín donde poco o nada se habla de toros. Mucho menos en la época en la que nació Juan. El narcotráfico reinaba en la ciudad y Castilla era epicentro de expendios de droga y lugar de residencia de bandas de sicarios que habían trabajado con Pablo Escobar, quien había muerto casi un año antes. La madre vivía angustiada porque en cualquier momento alguno de sus hijos podía recibir una bala perdida, pues en aquella época existían los grupos de limpieza social, quienes asesinaban a jóvenes que veían parados en las esquinas porque el solo hecho de estar ahí era sinónimo de ser un vándalo. Cuando no eran estos grupos, se escuchaban los disparos, porque llegaban a matar a alguien del barrio y había que salir corriendo a esconderse. “Fue una época muy dura. Un día Juan salió para donde una hermana y sentimos una balacera. Yo iba a ir por el niño pero Arbey no me dejó salir porque era peligroso. Afortunadamente mi hermana abrió la puerta de su casa tan pronto escuchó los disparos y entró a Juan”. Tenía tres años y desde aquella época aprendió a esquivar las dificultades propias de su barrio.
Hoy en día, los hijos y nietos de esa generación siguen allí y como no aprendieron a vivir de otra manera, Castilla es la “zona de influencia de Los Mondongueros, una de las estructuras más poderosas del bajo mundo de la ciudad” (Nelson Matta Colorado, El Colombiano, 1 de abril de 2012).
Claro que Castilla no solo ha albergado delincuentes. La mayoría de sus habitantes son personas dedicadas a trabajar con su familia y algunas de ellas se han destacado en sus profesiones como el arquero René Higuita, quien logró convertirse en referente de muchos jóvenes, no solo de Medellín, sino del mundo entero. Higuita perteneció a la generación del Carlos “El Pibe” Valderrama, Leonel Álvarez y Freddy Rincón, entre otros. Hizo parte de la selección Colombia que participó en el Mundial de Italia 1990 y su atajada del escorpión en el estadio de Wembley fue una imagen que dio la vuelta al mundo.
En ese entorno en el que conviven personas trabajadoras que luchan por salir adelante todos los días, las secuelas del narcotráfico y el fútbol como punto de encuentro para todos, vivió Juan. Ajeno a lo que lo rodeaba pero haciendo parte de esta sociedad. A los tres años se salvó de recibir una bala perdida y a los diecisiete, ya en España, podría decirse que se ha salvado de no seguir los pasos de algunos de sus vecinos. Ama a su barrio, por eso lleva con orgullo su nombre, pero sabe que si la vida le permite alcanzar sus sueños tiene mucho que hacer por él.
El comienzo
Poco se interesó Juan por temas distintos a los toros. A los cinco años salía a jugar fútbol con sus vecinos y su hermano mayor, Jefferson. Sus padres le compraron guayos y uniforme pero quedaron archivados muy pronto.
Como la vida va poniendo a cada uno en su lugar, a finales de 2008, un familiar contrató a Arbey para hacer unos arreglos en su finca donde tenía ganado bravo. Este trabajo coincidió con las vacaciones de Juan. Allí vio un tentadero y en ese momento supo que eso era lo que quería hacer en la vida.
Ese día, tras ese contacto tan simple, tomó la decisión de dedicarse a torear. Poco sabía de toros, toreros y tauromaquia. Solo sabía que quería hacer lo mismo que aquellos que estuvieron ese día en La Graciela y una voz interior le indicaba que no lo haría como cualquiera sino que podría hacerlo muy bien.
Se inscribió en la Escuela Taurina de Antioquia donde aprendió a coger los trastos y las primeras nociones de toreo. Un año después conoció a José Fernando Arango, torero retirado que acababa de llegar de España tras acompañar la carrera del novillero Jerónimo Delgado y con quien tuvo una buena química desde que se conocieron.
José Fernando lo invitó a la novillada de la Feria de Manizales en 2009 para que viera a Jerónimo, quien en ese momento era el novillero más importante del país y me pidió llevarlo porque él estaba en la Feria de Cali y viajaría desde allí.
Lo había conocido antes en La Macarena y sabía que era un niño muy simpático y educado pero en ese viaje pude conocerlo mejor y descubrir la pasión que tiene por su profesión. Lo recogí a las ocho de la mañana sin saber que se había tomado una pastilla para el mareo que apenas le permitía estar en pie. No sé como lo hizo pero hablamos durante todo el camino. En medio de la conversación, me contó que el día anterior había estado toreando en El Retiro y una vaca lo había golpeado muy fuerte.
¿Estás muy adolorido?
“No, ya no… Bueno, un poquito pero eso no importa. Lo importante es que me dejaron torear”.
Las gafas de sol que llevaba no permitieron que Juan descubriera el efecto que sus palabras tuvieron en mí. Tres años y medio después, al recordarlas, las sensaciones son las mismas.
Luego de parar a desayunar, insistió en pagar la cuenta como todo un caballero. No lo permití, pues desde aquel día asumí funciones de segunda madre o como dice él, de su mamá de los toros.
Llegamos sobre la hora de la novillada a Manizales de donde Juan regresaría al día siguiente, sin embargo, José Fernando y su grupo de amigos no tuvieron corazón para permitir que se fuera, así que se quedó toda la semana de la Feria de Manizales.
Entrenó con Jerónimo, conoció el Nevado del Ruiz, compartió con los amigos de José Fernando, los conquistó con su manera de ser y regresó a Medellín con una decisión tomada.
Unos días después de llegar, Juan buscó a José Fernando para hablarle de algo muy serio. “Mata, quiero que usted me siga entrenando”. Este fue el momento que marcó el inicio de la carrera de Juan de manera seria y en el que se convirtió en parte de la vida no solo de José Fernando sino de sus amigos.
Entrenaban diariamente en la Unidad Deportiva de Belén donde otros novilleros llegaban también a aprender las enseñanzas del “Mata”. Allí pulieron detalles, corrigieron errores y celebraron el cumpleaños número quince de Juan.
En la Unidad Deportiva de Belén entrenaron hasta que llegó la remodelación de ésta para los Juegos Suramericanos. Entonces el entrenamiento pasó a la Unidad Deportiva de Santa Lucía, cerca de la casa de José Fernando. Allí empezaron a entrenar con el carretón para aprender a entrar a matar. Este aprendizaje le costó mucho y hoy en día solo utilizan el carretón para torear. Juan ha aprendido a matar bien los novillos sin necesidad de pasar horas con el carretón.
Este cambio de lugar, no solo implicó nuevos aprendizajes en lo profesional. Un día estaban entrenando y alguien que pasaba les gritó asesinos. Siguieron con su trabajo mientras uno de los amigos de quien gritaba le reclamó a su compañero:
“¿Asesinos? ¿Y vos qué sos entonces? ¿O cuando cogés un man a bala qué?
¡Ah, no me banderiés así!
No siempre hubo defensores de oficio e incluso la administración del lugar les pidió restringir su espacio a una cancha de baloncesto porque así nadie las esté ocupando, las canchas de fútbol solo deben utilizarse para practicar este deporte. Así es nuestro país, nuestra ciudad. Esa es la lógica de quienes ejercen algún poder tan mínimo como administrar una unidad deportiva. Tendrá razón, las canchas de baloncesto si pueden ser pisadas por los demás mortales mientras que las de fútbol son templos intocables.
Luego de aceptar la propuesta de Juan para entrenarlo, José Fernando no solo buscó el sitio para entrenar sino que empezó a pensar en las personas que podían apoyar el proceso y llamó al ganadero Dayro Chica para pedirle que los invitara cuando hiciera un tentadero, pues quería que conociera a su nuevo pupilo. A los pocos días los invitaron a la ganadería El Capiro de Sonsón y el ganadero quedó sorprendido con las cualidades de Juan. Desde ese día, contó con el apoyo de Dayro, quien siempre invitó a Juan a sus tentaderos, no solo en El Capiro, sino también en La Troja, ganadería ubicada en Llanogrande, más cerca a Medellín, donde Juan pasó muchos días.
Gracias a esta preparación, tanto en los tentaderos como en el entrenamiento diario y a la gestión de José Fernando llegaron las becerradas, los festivales, y el 15 de agosto de 2010 hizo su presentación en traje de luces en la Santa María de Bogotá. Fue el triunfador del Festival de Verano de ese año y el país taurino se enteró de que en Juan de Castilla había un novillero con condiciones.
Toreó en los sitios más recónditos de Colombia: Charta, Barbosa, Labateca y Galán, en Los Santanderes. Fredonia, Puerto Salgar y Sopetrán en Antioquia, fueron algunos de los municipios que visitó. Durmió en diferentes tipos de hoteles y pensiones. Luego de llegar a una de las suites que ocupó en ese recorrido, se sentó en la cama y ésta cayó al suelo de inmediato. Esa anécdota la recuerda con frecuencia en medio de risas. En cada uno de estos pueblos Juan simplemente toreó, disfrutó cada tarde, pasó miedo y aprendió. Jamás se preocupó por el lugar en el que estaba, pues cada novillo era una posibilidad de aprendizaje para él. En cada uno de esos lugares escribió las primeras líneas de una historia que espera tener un final como él lo ha soñado.
En 2010 también debutó en traje de luces en Cali y Manizales donde fue el triunfador de los certámenes Maletilla de Oro, y Toros y Ciudad. Lo de Manizales tuvo un ingrediente especial. Los novillos eran de Las Ventas del Espíritu Santo, ganadería de César Rincón, quien pudo ver cómo Juan le cortaba dos orejas a un novillo manso que buscó las tablas al poco tiempo de estar en el ruedo. Había llovido durante la corrida y cuando salió el quinto toro, correspondiente a Juan, el agua paró por un rato. En medio de su faena, la neblina cubrió la plaza y dibujó un marco precioso. Fue un momento mágico. Él se olvidó del entorno, toreó con el alma luego de que la cabeza diera algunas instrucciones y mientras daba la vuelta al ruedo sintió que caminaba sobre las nubes. Ya no había neblina. Llovía muy fuerte y el traje pesaba tres veces más, pero Juan flotaba.
Llegó el momento de su debut en Medellín, que esperaba lleno de ilusión por tratarse de su ciudad. Le regalaron un traje azul turquesa y oro con el que hizo el paseíllo soñando con salir a hombros esa tarde.
Antes de esa novillada en Medellín dio una entrevista en la que hablaba con ilusión de su debut en esta plaza y quien escribe cuenta como Juan había evolucionado de manera paralela en lo personal y en lo profesional.
“Esa evolución que vemos en el ruedo es el reflejo de su crecimiento personal. Con dieciséis años habla del toreo con tanta sensibilidad, que es ahí cuando uno comprende por qué torea como lo hace. Venimos de verlo en Manizales donde dibujó una faena bellísima llena de entrega, de arte, y hoy cumple un recorrido por las cuatro grandes plazas de Colombia, pues en tres meses y medio hizo su debut en traje de luces en Bogotá, Cali y Manizales. “A mí me dicen que empecé al revés. La primera vez que maté un novillo en traje de luces fue en la Santa María y me acuerdo de todo. El novillo se llamaba Caminante, era el número uno de Pozo Blanco y pesó 300 kilos. Fue muy bueno, nos comunicamos mucho y tuvimos una conexión muy bonita”.
- Es que de eso se trata el toreo, de sentir...
“Si, cuando uno se para ahí es solamente sentir. Yo me siento solo en la plaza con el novillo. No siento a la gente, la música, ni siento los oles. Es algo muy bonito y nada nos interrumpe. El toro es el único que me puede interrumpir. Es como estar levitando”.
- ¿Y la técnica?
“Yo solamente hago lo que siento aunque uno perfecciona su técnica es en los tentaderos hasta que estando frente al toro vos sentís que te descolgás, que te vas con todo el cuerpo, que toreás con el alma, con el corazón…” (Andrea López, El Mundo, 4 de diciembre de 2010).
En Medellín las cosas no salieron como esperaba. Los novillos de aquella tarde fueron para olvidar, pero logró demostrar que tiene ganas y cualidades para ser alguien en este medio. La novillada contó con poca asistencia y así quedó registrada su presentación. “Juan de Castilla solo pudo dibujar pinceladas de su toreo pues “Medianoche” se dolía cuando apoyaba su remo delantero derecho. No lo cambiaron, pero el de Castilla conservó la calma y logró mantenerlo en pie llevándolo a media altura y consintiéndolo. Un aviso tras dos estocadas y descabello. Con “Farpa” ejecutó una faena de capa lenta y sentida pero con la muleta empezó a caerse. Nada que hacer. Con este novillo, Medellín tampoco pudo ver lo que Bogotá, Cali y Manizales disfrutaron. Seguramente a Juan le faltó la calma que le sobró en el primero para poder encontrarle la distancia. “Farpa” desarrolló sentido y varias veces lo buscó. Aviso tras un par de estocadas”. (Andrea López, El Mundo, 6 de diciembre de 2010).
Con esa corrida terminó su temporada 2010 y también cerró un ciclo de luchas y búsquedas. Llegó 2011 y con él, nuevas ilusiones para Juan. Ese año terminó el bachillerato, que estaba validando desde 2009, y durante esa temporada Juan Antonio Ruiz “Espartaco”, vino a Medellín para pasar unas vacaciones. Como si la vida hubiese hecho una jugada maestra, más de treinta años después de haber estado en Chinavita como novillero, “Espartaco” viajó a Medellín para encontrarse con el otro ser que marcó la vida de quien escribe.
Juan Antonio Ruiz llegó a Colombia huyendo de los programas del corazón españoles, pues atravesaba un difícil momento personal luego de su separación. Tiene un buen amigo en esta ciudad quien le propuso descansar aquí ya que confiaba en que este sería el único lugar en el que no lo perseguirían las cámaras, así que con la privacidad asegurada, el descanso sería pleno. Era lo que él necesitaba en ese momento. En Medellín encontró amigos que lo acogieron, se dedicó a torear en La Troja, espacio que ya era la casa de Juan, y allí compartieron durante dos semanas. “Espartaco” no solo se preocupó porque las vacas que toreaba quedaran con suficiente fuerza para que Juan tuviera material para repasar, sino que le habló, le enseñó cosas y dejó abierta una puerta para un futuro viaje de Juan a España.
Meses atrás, se habían ilusionado con tener un cupo en el Festival nocturno de la temporada 2011. Juan no pareció anunciado y los ánimos decayeron un poco, pero los tentaderos con “Espartaco” se convirtieron en un espacio de gran disfrute y aprendizaje. Esto no solo subió el ánimo sino que permitió estar preparados para torear en cualquier momento.
El 10 de febrero en la noche se premiaron los triunfadores de la temporada 2010. Sebastián Castella, torero francés, recogió la gran mayoría de los trofeos y después de la ceremonia se sintió mal del estómago. Ese malestar obligó al francés a ausentarse de su presentación en el festival taurino. El viernes 11 de febrero, Santiago Tobón, director ejecutivo de Cormacarena, se comunicó con José Fernando a las cuatro de la tarde para avisarle que Juan torearía en la noche. Como no había parado de torear, todos sus trajes estaban sucios y así relató Juan Guillermo Palacio las horas previas al festival. “Los viernes la ciudad se embotella y con la lluvia se torna aún peor. Recogieron un capote y la chaquetilla en el barrio El Poblado y el sombrero cordobés en Envigado, al sur. Este recorrido los alejaba cada vez más de su barrio y de la plaza de toros. Pasaron por La Macarena de regreso a las 6 y 30 de la noche, una hora antes de hacer el paseíllo. Ya había ambiente en sus alrededores: fritangas, música y aficionados merodeando el lugar.
- Vea, ahí la tiene - le dijo José Fernando.
Llegaron a su barrio, un amasijo de casas y locales que los viernes se vuelve efervescente. Mientras Juan se duchaba, José Fernando improvisaba un matute de capotes, muletas, ayudados, palillos, toallas, agua y esparadrapo. José Fernando revisó las tirantas y la botonería de la calzona, un detalle en el que sólo se fija un profesional. Tuvo tiempo hasta de cortarle el pelo, porque un torero debe serlo y parecerlo. Sin saber por qué, José Fernando pensó en la enfermería, en la necesidad de llevar una pijama. El ejemplar que había sorteado Castella era un torito y La Carolina ha echado toros muy bravos en esta temporada, pensó. Estaba seguro de que Juan iba a arriesgarlo todo.
- Matador, si las cosas no salen bien, ¿usted me deja de entrenar?– le preguntó Juan.
-Es que no vas a estar mal. Así se te vaya el toro vivo, vas a demostrar maneras y afición.
-Mamá, no sé si vuelva vivo esta noche.
De esa manera se despidió. Ella no dijo una palabra, dijo una lágrima”. (Juan Guillermo Palacio, Burladero.com, 2011).
Porque las mamás de los toreros, tanto las biológicas como las que aprenden a querelos como tal, dicen lágrimas muchas veces solo que, también muchas veces, las lágrimas son calladas. Ellas tienen una conexión que va más allá de lo que se habla y pueden sentir las angustias y los temores de sus hijos.
Para la mamá de un torero en formación, la mayor angustia es que su hijo se pierda en el camino. Que no se crea los halagos y las palabras de los aduladores que aparecen después de los triunfos. A veces dudan de la formación entregada porque el mundo que se le abre a un torero cuando triunfa es casi de fantasía. Hay un temor inmenso a que un joven como Juan que ha sido humilde y afectuoso con quienes lo rodean se deje deslumbrar por ese nuevo mundo y se pierda en él.
Conversaciones eternas recordándole sus raíces, su esencia, luego de varias noches pensando qué decir, cómo hablarle de la mejor manera, pues su formación profesional coincide con su adolescencia. Mantener a su hijo con los pies en la tierra es la gran preocupación de la madre de un torero joven. De ahí en adelante, nada distinto a cualquier mamá. La noviecita de turno que jamás le gustará, las niñas que se quedan en lo que él representa y parecen dispuestas a llevarse ese trofeo por encima de cualquier cosa, los amiguitos que se quisieran perfectos… Ser mamá de un torero significa muchas alegrías acompañadas de grandes temores difíciles de expresar. Tal vez el miedo más grande es al abandono, pues ese ser que has visto crecer empieza a descubrir que el mundo no es un corral, que existe un universo más allá del entorno en el que ha convivido contigo y eso está bien, solo que lo ideal es que pueda conocer ese mundo sin olvidarse de ti. Cuando un torero triunfa conoce el País de las maravillas, e igual que Alicia, se puede ir detrás del Conejo Blanco y perderse en él.
Luego de que el viaje de Juan a España se confirmara, hablé con David Fandila “El Fandi”, torero que ha podido conocer a la Reina de Corazones, al Sombrerero y a todos los personajes de ese maravilloso país. Le pregunté cómo se lograba hacer parte de ese mundo sin perderse en él y me dijo que lo importante era que pasara lo que pasara Juan siempre estuviera con gente normal. Si nos ponemos muy estrictos, entender las palabras de David habría sido complicado. Es imposible definir quien es normal y quien no, pero si le entendí. Me quedó tan claro que me preocupé mucho más porque son cosas que no dependerán de nadie distinto a Juan. Así como frente a la cara del toro solo él decide que hacer, en su vida personal pasa lo mismo. Nadie podrá obligarlo a estar con determinadas personas porque a él le podrán parecer normales algunos que, para quienes lo han acompañado hasta ahora, no lo sean. Entonces solo queda tranquilizarce y confiar. Confiar en lo que se ha sembrado, en que el ejemplo y las conversaciones han servido, en que cuando se equivoque estará dispuesto a escuchar como lo ha hecho hasta ahora.
Su primer Festival
Regresando a Medellín, en los tendidos hubo quien reclamara por la presencia de un novillero sin caballos como remplazo de una figura del toreo. No sabían que Juan estaba preparado para este momento y pocos conocían su recorrido. Por el orden de alternativa, Juan toreó de último, así que disfrutó cada una de las faenas de sus compañeros hasta que llegó su turno. Cualquier cosa que hubiera soñado no se parecía en nada a lo que en realidad ocurrió.
En su crónica, El Nuevo traje del Emperador, Juan Guillermo Palacio, contaba. “Los compañeros de cartel, nada menos que El Cid, Puerto y El Fandi, lo recibieron calurosamente. Este último lo adoptó como un hijo. Lo integró en las fotos, le dio consejos, lo arropó con profesional afecto. También Julio Campano, un colocado que ya lo había visto tentar: “No te preocupes que este sabe torear y va a funcionar”, le dijo a José Fernando.
Durante el festival analizaron cada reacción de los novillos. Juan lo vivió como un aficionado del tendido, coreó cada lance y muletazo. Se emocionó en todas las faenas. Hasta que llegó su turno. La preparación del ruedo tardó más tiempo de lo normal. El temor escénico empezaba a merodear. Durante ese lapso recibieron decenas de consejos procedentes del callejón. Las figuras lo arroparon como a un debutante con una mujer. “Haga usted lo que sabe”, fue lo único que le encomendó José Fernando antes de salir a torear.
Cuando recogió al toro, una voz procedente del callejón, con decidido acento español, expresó: “Este sabe lo que hace”. Iba pa’ lante con el toro, con lances limpios y otros menos templados. Después replicó una serie de El Cid, llevando al toro al caballo por delantales. Cuando dio unas chicuelinas, ya tenía el control de la situación. Las ejecutó bajando la mano, algo que resulta difícil. Hizo la castellana, un remate de su invención (hasta ese lujo se dio), y en un momento en el que el toro lo apretó, se inventó un pase de pecho que remató al hombro contrario. Sin empezar a torear por bajo, ya la música estaba sonando.
Puerto y El Fandi se sumaron a su cuadrilla. Tomaron puestos de retaguardia en los burladeros, atentos a atender cualquier situación. En el callejón, el maestro Espartaco, con quien había tentado días atrás, tenía la preocupación de un padre adoptivo.
El toro salió crudo del caballo, necesitaba otro puyazo. Los toreros se lo habían dicho a José Fernando, pero Juan hizo caso omiso y se arriesgó a pedir el cambio de tercio. Dio tres tandas con la mano derecha y luego demostró que por el izquierdo el toro no valía. No era un novillero sin caballos sino un torero más que venía a torear. Remató con manoletinas al estilo de Manuel Rodríguez y de José Tomás y luego pinchó en el primer intento. En el segundo se volcó a vuela pies, empeñando el pecho y clavando por completo el acero. Tenía las 2 orejas en el bolsillo prestado. Dio la vuelta al ruedo con la parsimonia de la tercera edad; estaba aferrado a las orejas que había cortado como si fuesen su único contacto con el mundo. El público lo abrazó con aplausos y gritos desbordados de agradecimiento. La locuacidad paisa se multiplicó como una plaga. Le subieron el estatus en una sola voz: “¡Torero, torero!”. Las figuras lo abrazaron y le permitieron retirarse de la plaza por delante” (Juan Guillermo Palacio, Burladero.com, 2011).
Cada vez más cerca
Después de esa noche, el sueño de viajar a España parecía estar más cerca. El maestro “Espartaco” pudo comprobar que un compromiso así no le quedaba grande a Juan. Pasaron los meses, la preparación siguió como de costumbre y a mediados de año apareció una persona que ofreció encargarse del costo de los papeles para sacar la visa. José Fernando debería buscar los recursos para el sostenimiento allí, donde Juan llegaría becado a la Escuela Taurina de Espartinas. Un tiempo después, José Fernando logró conseguir ese apoyo de parte de un ángel que Juan tiene en la Tierra, quien pidió mantener su nombre reservado. Los grandes seres humanos nunca buscan un reconocimiento público y practican aquello de “que tu mano derecha no se entere de lo que hace tu mano izquierda”. No está interesado en que nadie, distinto a Juan, sepa que cree en él y por eso lo apoyará económicamente durante un año en ese inicio de su carrera en España. Juan espera poder hacer lo mismo por otras personas.
Gestionar los papeles no fue fácil. De la alegría inicial pasó a una profunda tristeza. Vivió días duros pero también de aprendizaje. La vida le mostró algo muy fuerte pero que le servirá para lo que viene: los seres humanos no siempre se acercan a otros de manera desinteresada. Así como hubo alguien que decidiera apoyarlo sin esperar nada a cambio, hubo quienes se acercaron esperando obtener beneficios en un futuro que hoy es incierto. Lloró, renegó y se preguntó por qué le tenía que pasar esto. La única respuesta que encontraron aquellos que de verdad lo quieren es que lo que viene será más duro, que se encontrará con personas que solo verán al del traje de luces y por eso tenía que vivir ese momento.
¿Qué más se le puede responder a un joven de diecisiete años cuando pregunta por qué existen la envidia y la ambición? ¿Por qué lo tienen que mirar como un signo pesos? Aparte de justificar que es un aprendizaje para el futuro no hay otra razón, pues la verdad es que nadie tiene una respuesta lógica a sus preguntas.
Antes de partir
Previo a su viaje, se hizo realidad otro de los sueños de Juan. Estar anunciado en el Festival de la Temporada Taurina de la Macarena 2012. Desde noviembre de 2011, José Fernando hizo la solicitud a la empresa para que lo pusiera, pues lo que le ofrecieron antes de anunciar los carteles fue la novillada con picadores pero Juan no podía torear novilladas con caballos porque esto cerraría la posibilidad de una escuela en España, cuyo reglamento no permite tener novilleros con caballos. En diciembre de 2011 publicaron los carteles de la temporada, sin confirmar todos los alternantes del festival. Quedaban dos cupos disponibles y, en enero de 2012, el día del festival taurino en Manizales, Santiago Tobón le confirmó a José Fernando la presencia de Juan en Medellín. Estaban en la plaza y la felicidad fue inmensa, sin embargo, a medida que avanzaba la noche, el ánimo de Juan empezó a cambiar. Los novillos de La Carolina, ganadería que también se lidiaría en el festival de Medellín, desarrollaron mucho sentido y Juan entró en un profundo silencio.
Al llegar a la finca que compartíamos con nuestros amigos, luego de que todos se acostaran, nos quedamos conversando en la sala.
- “Si me sale un novillo como el de Guerrita Chico me toca hacerme pegar una voltereta ¿cierto?” preguntó Juan.
- Si te sale un novillo así, cuando estés frente a él vas a saber cómo resolverlo. Las faenas no se planean y buscar una voltereta no creo que sea la única opción para un torero con tus condiciones.
Analizó cada una de las faenas de esa noche, revisó los aciertos y los fallos de sus compañeros, pensó en el orden de lidia que habría en Medellín, recordó lo feliz que estaba por poder compartir cartel con toreros como El Cid, Luis Bolívar, David Mora e Iván Fandiño. Este último se ha convertido en un referente para él durante los últimos años, así que le parecía increíble pensar en hacer el paseíllo a su lado. Luego dijo, “si los novillos salen como los de hoy, no tengo de qué preocuparme, pues como toreo de último, ya los demás me habrán mostrado lo que debo hacer”. Sabía que no era cierto. Que nadie distinto a él podría decirle qué hacer con su novillo, pero el miedo, más que a la muerte, a no ser capaz de estar a la altura del compromiso, es el eterno compañero de novilleros y toreros. Juan esa noche no tenía otra cosa distinta a miedo. Miedo a la responsabilidad, miedo a fallarle a aquellos que han confiado en él, miedo a descubrir sus falencias tras encontrarse con un novillito que quisiera tragárselo vivo.
Y como es mejor olvidar el miedo y pensar en otras cosas, la conversación terminó en temas más simples.
“Le voy a brindar el toro a Fandiño”.
No estaría bien. Se lo brindas a todos y al final te diriges a él.
“Si, es verdad, todos son mis maestros en distinta medida. Me tocaría decirle algo a cada uno y para eso no soy bueno”.
Días antes del festival, en una entrevista, decía que “El cartel es soñado, como si yo lo hubiera escogido. Es algo muy bonito”. (Javier Restrepo González, El Mundo, 2012). La emoción de torear con esos compañeros se mezclaba con la responsabilidad que implicaba estar a su lado y despedirse de la afición de Medellín.
Llegó el día del Festival y mientras él descansaba, José Fernando adelantó gestiones propias del apoderado. Ir a cerrar detalles en Cormacarena en la mañana, hablar con el mozo de espadas, ir al sorteo en la tarde y adelantar ajustes de última hora. Mientras sus compañeros de cartel estaban en La Troja, él leía un libro en su casa, pues para ellos era un festival más. Para Juan, el momento de demostrar que lo ocurrido el año anterior no había sido una casualidad.
A las cinco de la tarde, apoderado, mozo de espadas, novillero y familia estaban reunidos en la casa de Juan, en el barrio Castilla. Días antes había decidido vestirse allá a pesar de que la empresa ponía una habitación del Hotel Intercontinental a su disposición. Allí iría a descansar tras el festejo, pero para vestirse prefirió estar en su casa, con los suyos.
Ese día, diferente a como estuvo en enero en Manizales, se le veía muy tranquilo. Con una confianza inmensa en sí mismo.
Llegó la hora de prepararse. Benjamín, el mozo de espadas, se puso a cargo. “Bueno Juanito, llegó la hora. A bañarse que en media hora debemos salir”.
Describir lo que se siente cuando un torero empieza a vestirse requeriría una crónica entera. Tal vez la manera más fácil de acercar al lector a ese sentimiento es decirle que todo lo que Juan vivió en Manizales se apodera de quienes lo rodean. Lo último en que se piensa es en una cornada. Lo que genera angustia es la necesidad de cortar las orejas. La necesidad de un triunfo, de que no sea uno más.
Por momentos es posible alejarse de esa angustia para acompañarlo y darle tranquilidad, pero cuesta. Flamenco a todo volumen en el recorrido entre Castilla y La Macarena. Al llegar al patio de caballos uno solo se pregunta por qué no tiene un vicio de esos que supuestamente relajan. ¿Un cigarrillo y un trago calmarían la ansiedad de ese momento? Tal vez un cigarrillo y veinte tragos. Por eso lo mejor fue abrazarlo y recordarle que quienes lo queremos de verdad estaremos a su lado siempre, pase lo que pase.
Hizo el paseíllo al lado del rejoneador Francisco Javier García y de los matadores Diego Urdiales, Manuel Jesús “El Cid”, Luis Bolívar, Iván Fandiño y David Mora. Antes de salir, Fandiño, su torero, le recordó que todos eran iguales, de carne y hueso, así que tenía que estar tranquilo. Esta vez, la plaza lo recibió con gran expectativa. La ovación al recibir la medalla que entregan a los participantes en el festival dejó claro que ya no era un desconocido en remplazo de una figura.
Finalmente decidió brindar a la afición y tras resolver los inconvenientes propios de su novillo, de vencer sus propios miedos, cortó una oreja. Dio la vuelta al ruedo mientras la afición lo abrazaba con su ovación. Recibió el cariño de sus compañeros y rumbo al hotel no hizo más que pensar que pudo estar mejor.
-“Yo sé que no estuve tan bien. Yo no puedo engañarme y creerme lo que la gente dice”.
- Ahora hablamos con José Fernando y te vas a tranquilizar.
- “No, es que se me zafó la cadena y el Mata no me dijo nada. Yo sé que está bravo conmigo”.
- A mí sí me dijo que te vio muy bien así que cálmate y ahora hablamos con él.
En momentos como ese uno recuerda que sigue siendo un niño. Que a pesar de ser capaz de enfrentarse a un animal que puede quitarle la vida, todavía está muy joven y hay que contemplarlo y mimarlo cuando eso es lo que te está pidiendo en el fondo.
Después de bañarse, analizó la faena con su maestro y dejó de castigarse. “Esta semana cojo ese video y lo vuelvo nada, pero hoy vamos a celebrar”, me dijo José Fernando al oído.
La celebración fue muy tranquila. Una cena con sus padres, su maestro y las personas más cercanas. Era también el inicio de nuestra despedida, pues en diez días viajaban a España.
A pesar de que Juan no salió muy contento de la plaza, las crónicas de prensa destacaron su actuación. Guillermo Rodríguez, en el portal de Caracol, escribió: “Juan de Castilla avisó que está para el curso superior de novillero con caballos con un ejemplar descompuesto de cara alta y descastado. La casta la tuvo el chico”. El Colombiano, El Mundo, los portales taurinos y la prensa taurina en general, coincidieron en sus críticas positivas.
Juan había cumplido un sueño, había subido un peldaño más dentro de los que le faltan por escalar para alcanzar su gran objetivo: convertirse en figura del toreo.
La partida
Después del festival, se dedicó a organizar el viaje y a despedirse de sus amigos. El ritmo de entrenamiento tuvo que bajar un poco para alcanzar a tener todo listo. La agenda de comidas y almuerzos no tenía un espacio más disponible. Las sensaciones de felicidad y expectativa por su viaje se mezclaban con la nostalgia por separarse de su gente.
En ningún momento expresó algún temor por lo que le esperaba. Por el contrario, siempre se sintió seguro de que todo lo vendría sería ganancia, no solo para su profesión sino para su vida. “Me siento muy tranquilo. Me parece que esto ya lo he vivido, no sé, es una sensación muy extraña”, decía Juan en los días previos al viaje.
En una entrevista que le dio a Javier Restrepo, de El Mundo, habló con propiedad de lo que espera en España. “El sueño es quedarme allá para siempre”, dice con una decisión irrebatible. Como si fuera un hecho”.
Fueron días muy intensos en los que vivió momentos como el de un tentadero en La Carolina, ganadería ubicada en Santa Rosa de Osos, a dos horas y media de Medellín. Uno de sus propietarios es el ganadero Santiago Uribe, hermano del expresidente y quien además de invitar a Juan a tentar al lado de Manuel Jesús “El Cid” y de Antonio Barrera, adelantó una recolecta improvisada con los asistentes.
Cada cena, cada regalo, fueron gestos tan bonitos y tan sentidos que Juan se fue con el corazón lleno de esos recuerdos y con la energía recargada gracias al amor que recibió en esos momentos. El domingo antes del viaje, su familia organizó una comida a la que invitó a sus amigos más cercanos. Las tías y la mamá estaban con la sensibilidad a flor de piel. Se extendieron en agradecimientos y elogios para aquellos que han acompañado a Juan todo este tiempo.
Llegó el día del viaje y, por última vez, en algún tiempo, hicimos el recorrido entre Castilla y la plaza de toros. Acordamos que la próxima vez que recorramos ese camino será en traje de luces y en condiciones muy distintas a las actuales.
El 22 de febrero de 2012 se embarcó Juan de Castilla rumbo a Madrid. Cargado de ilusiones y de sueños por cumplir, acompañado de una gran felicidad y con absoluto convencimiento de que encontrará lo que busca.
Juan Pablo Correa Sánchez, el niño que nació hace diecisiete años en la Clínica León XIII de Medellín ya está en España. Lo que ocurra con él profesionalmente lo definirá el destino, pero pase lo que pase, su perseverancia y disciplina lo tienen hoy en Espartinas, municipio de Sevilla.
Luego de bajarse del avión se fue directo a la plaza de Las Ventas, en Madrid. Desde allí llamó a su mamá y a la gente más cercana. A todos los que llamó les repitió la misma frase. “Estoy al frente de la puerta grande de Las Ventas, la misma que voy a abrir muchas veces”.
En Espartinas, la gente de la Escuela taurina lo estaba esperando en la estación de tren. Lo llevaron a su nueva casa que compartirá con dos compañeros de la Escuela y con José Fernando su maestro, su amigo.
No ha parado de tentar y su nuevo mentor, el maestro Antonio, padre de “Espartaco”, habla con orgullo de su pupilo. Ya ha estado en varios tentaderos y tiene los papeles listos para empezar a torear.
Juan de Castilla, la nuestra, la que está en los límites entre Medellín y Bello, empieza una nueva vida con la ilusión de triunfar, con sueños infinitos que no ve lejanos ni imposibles de alcanzar.
“Esto es lo que quiero para mí y ya que lo escogí me estoy entregando en cuerpo y alma, no solo por mí, porque yo no estoy solo. Juan de Castilla son mis amigos, mi maestro, mi familia”. Juan de Castilla
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