Espartaco estuvo
de visita en Medellín para descansar con sus amigos. Dibujó faenas inolvidables
en diferentes tentaderos y se quedó en el corazón de todos aquellos con quienes
compartió este tiempo.
ANDREA LÓPEZ
Hace más de treinta años, siendo una niña, tuve la
oportunidad de acompañar a Chinavita, Boyacá, a un novillero español que empezaba
su carrera y por circunstancias de la vida aterrizó en Colombia. Más que
recuerdos tengo imágenes. La sensación al tocar su traje arreglado sobre la
cama fue lo primero que recordé hace unos cuatro años. Luego, el momento que me
alegra el alma: El torero (para mi era un torero) cortó las dos orejas, venía dando la vuelta al ruedo
con su traje blanco, de repente para frente a mí y se sube en el estribo para
entregármelas.
Puedo sentir las manos de mi papá cargándome para
subirme en la barrera y la felicidad de ese instante. También recuerdo la
sonrisa y los ojos verde azules que me miraban emocionados, pero a la vez con
una ternura indescriptible. Pude cargar solo una oreja porque pesaban mucho. La
última imagen que tengo de aquel día es sentada en el borde de una cama con la
oreja en mis piernas. La veía inmensa y me preocupaba no tener la suficiente
fuerza para cargarla.
Esas orejas me las regaló Juan Antonio Ruiz, “Espartaco”,
quien tiempo después empezó a cosechar triunfos en España y cada vez que salía
en la prensa mi papá me llevaba el periódico y me decía, “mira, tu amigo torero
está triunfando”. Me sentía la más orgullosa del universo.
Más de treinta años después, la vida me ha permitido reencontrarme
con esos ojos en los que sigo encontrando la misma ternura y con esa sonrisa
que ilumina su rostro. Espartaco volvió a Colombia en un momento muy particular
de su vida, para alejarse de su cotidianidad y permitirse curar algunas
heridas. Lo que nunca imaginó al planear este viaje es que venía a Medellín a
alegrarnos el alma y a ayudarnos a sanar las heridas propias.
Pudimos compartir diferentes momentos, verlo torear con
la ilusión de un principiante disfrutando cada muletazo. Cada una de las faenas
que nos regaló estuvieron cargadas de ese aroma a toreo puro que se añora en
las plazas. Cuando se torea con emoción y con sentimiento, no importa cuantos
kilos están pasando frente a la muleta. Cada tarde vimos la faena de la feria y bromeó algún día
cuando llegó la lluvia empezando un tentadero, “por eso dejé a Víctor (Puerto)
por delante, para no tener que torear pero cobrar”.
En el último tentadero, la lluvia arreciaba mientras
Santiago Naranjo toreaba. Caía la noche y Espartaco, que a esa hora ya había
toreado tres vacas, se quedó ahí, mojándose en uno de los burladeros y dándole
voces a Santiago. En algún momento se le cayó el ayudado y quien primero salió
del burladero a recogerlo fue el Maestro. Después de cambiarse seguía
preocupado por prestarle su chaqueta a Santiago, pues hacía frío y no podía
enfermarse para su compromiso en Bogotá. Era su última noche en Medellín y no
se cansaba de darnos lecciones de vida.
Juan Antonio Ruiz es cálido, conversador y dueño de una
ternura que invade por completo el espacio en que se encuentra. Las
conversaciones sin grabadora quedan en el corazón. Esta es la que acordamos compartir
y en la que sin duda, habló desde su corazón.
Recuerda sus inicios como algo duro y difícil pero al
tiempo muy bonito. Luego fueron ocho años liderando el escalafón y aunque dice
que de sus records no le gusta hablar siente una gran satisfacción de haber
podido estar entre los primeros. Asegura que todos los que fueron figuras del
toreo antes, igual lo serían ahora y los de ahora lo habrían sido antes. “Tú
tienes que sentirte a ti mismo. A lo mejor ese sentir no es lo que al
aficionado le gusta porque depende de la situación, del toro, pero todo aquello
que haga el torero con sentimiento es torear. Lo que no se puede es estar en
esta profesión sin sentir lo que haces porque si tu no sientes, nunca podrás
lograr hacer sentir a la gente lo que intentas realizar”.
Los aficionados a los toros hemos querido creer que si
el toro no tiene determinado tamaño, no nos podemos emocionar y revisar ciertas
características físicas nos ha llevado a dejar de disfrutar. “El toro tiene que
tener su tipo y su trapío, que no tiene nada que ver con que sea grande o chico
sino con la agresividad y la acometividad a la hora de embestir. Una vez ahí el
torero tiene que componer esa faena con sentimiento. Esa es la belleza del
toreo que es una profesión muy bonita, muy intensa, muy difícil. Cuando se
logra encender esa llama en el corazón de los espectadores pues es algo único e
irrepetible porque lo que se realiza es con un ser vivo. Puede repetirse una
obra de teatro entre seres humanos porque todos pueden saber el guión pero el
toro no. Esa es la grandeza de ser aficionado a los toros. Quien pueda llegar a
entender eso es un privilegiado”.
Ser figura del toreo puede ser alcanzado por quien logre
adquirir ciertos conocimientos frente al toro. La grandeza de un ser humano que
queda grabado en el alma de una niña de tres o cuatro años la tienen muy pocos.
“Uno lucha en la vida no solamente por triunfar. El triunfo es importante pero
en la vida todo pasa, hasta ser figura del toreo, pero queda la persona y es
muy bonito que la gente te recuerde no solo por lo que hayas hecho en la plaza
sino por tu comportamiento fuera. Es cierto que se torea como se es…”
-
Conozco quienes han mandado esa
frase lejos…
“Bueno, lo que yo intento es torear siempre de acuerdo a
lo que siento en ese momento. Con el respeto hacia el toro, hacia los
aficionados, a mis compañeros. Con respeto a todo lo que genera el mundo del
toro incluso a los antitaurinos. Nosotros nos tenemos que diferenciar en la
nobleza y en la manera de entregar la vida por el toro. Cuando se habla de
entregar la vida no quiere decir que es que tú te juegues la vida. Si es cierto
que te la juegas pero eso lo hace mucha gente en muchas profesiones para sacar
a sus hijos adelante. Hay muchas profesiones muy dignas, muy duras y muy
difíciles en las que se juega la vida igual o más, pero en el mundo del toro
hay algo especial y es que tú ofreces tu vida. Ofreces tu infancia, tu
juventud, tu futuro y todo eso lo haces por el mundo del toro porque todo eso
se pierde. El toro se apodera de todo pero es muy bonito poder entregar eso
porque ya que el toro te entrega su vida lo único que tu puedes hacer, por
respeto a esta profesión, es entregar parte de la tuya”.
Cuesta seguir hablando luego de escuchar semejante
reflexión pero después de tantos años, poder mirar hacia atrás y hacer un
balance trae algo no menos profundo. “Siempre hay cosas que no quisieras que
pasaran pero lo bonito es quedarte con lo bueno y lo otro intentar olvidarlo.
Es difícil olvidar incluso las cosas que no te gustan pero hay que tener la
capacidad de amar y de entender incluso los malos momentos no solo del toro
sino de los toreros. Somos seres humanos, nos equivocamos en la vida, en
nuestra profesión también pero la belleza de este mundo está en que es donde se
conjugan realmente la vida y la muerte. En una corrida aunque salga mala,
siempre ocurren quinientos, seiscientos, setecientos milagros. En unas
banderillas, en un quite, en la forma de salir… siempre hay algo que pudo
ocurrir y que no ocurre pero hay que darle la importancia como si hubiese
ocurrido y ahí es cuando hay que entender el mundo del toro. Incluso en lo que
no te llena hay que buscar algo porque cuando uno está enamorado de algo hay
que buscarle los momentos bonitos y nunca lo que no te puede gustar”.
-
Ahora entiendo por qué pude
recordarlo a pesar de haber tenido ese momento borrado por tantos años…
- “Espero que no me olvides ahora…”
Imposible olvidarlo Maestro, imposible… Cómo lo voy a
olvidar si usted es mi amigo torero.

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