Medellín, 29 de diciembre de 2017.
Desde hace un par de meses Sevilla, mi perra, y yo tenemos un nuevo espacio por el que adelantamos nuestras caminatas matutinas. Lo he llamado La calle ancha, lugar que recorremos entre las seis y media y las ocho de la mañana todos los días.
Este nuevo recorrido tiene una particularidad que lo hace bastante diferente a nuestros otros espacios. Las compañeras de ruta.
A esa hora llegan las empleadas que trabajan en las unidades residenciales de la zona y Sevilla y yo hemos aprendido a disfrutar de ese desfile digno de cualquier pasarela internacional por su colorido y el sello personal de cada una de ellas. Para nosotras, La calle ancha, es más que un espacio para caminar, es una pasarela maravillosa en la que cada día disfrutamos de un desfile espontáneo y bellamente natural.
Hay modelos de todas las edades y eso por momentos resulta doloroso. Ese primer grupo de las señoras mayores, que caminan apresuradas para llegar a tiempo a su trabajo, son las que me cuestionan, me ponen de pelea con la vida y con esta sociedad en la que señoras llenas de canas tienen la obligación de ir a poner divina una casa ajena para que su familia pueda comer. Ellas generalmente van de café. Vestidas entre el café y los grises ellas, aunque ya nos reconocen, pocas veces nos saludan.
El siguiente grupo que sobresale en esta pasarela es el de las mujeres jóvenes, rellenitas, vestidas con ropa muy ajustada que permiten ver sus gorditos sin ningún pudor. Ellas van de rosa, de blanco, de rojo y de sandalias. Muy maquilladas y bien peinadas. Sus buenos días, aunque tímidos, son amables y no permiten descubrir qué hay detrás de cada una de sus vidas. Parecen vidas tranquilas pero es algo que no me atrevería a jurar.
Mis favoritas son las negras. Generalmente vienen en pequeños grupos contándose historias y riéndose de la vida… Son las únicas que buscan mi mirada desde la distancia y saludan con voz fuerte y segura. Ellas no tienen color, los tienen todos y todo les queda divino. Vienen perfumadas, muy arregladas y sobre todo, muy contentas. A ellas las envidio pues con seguridad no tienen la vida perfecta y por eso son las más difíciles de leer.
También hay un grupo que desde mi particular visión, son las que intentan pasar desapercibidas. Solo que yo llevo un tiempo observándolas y por eso he logrado identificarlas. Son mujeres de mediana edad. Tranquilas. Sin colores llamativos en su ropa. Bien peinadas y con algo de maquillaje pero nada más. No caminan ni rápido ni despacio. Van escuchando música en su celular y si, ya nos reconocen pero simplemente no les da la gana de saludar. Van en su mundo y el hecho de vernos todos los días no les genera ningún vínculo que las obligue a saludarme así que cuando nuestras miradas se encuentran ellas simplemente miran hacia otro lado. La mujer esta con la perrita les da igual. El recorrido para llegar a su trabajo es el mismo con o sin nosotras y el día que no estemos no lo notarán.
Muchas saludan, si. Muy efusivas, si, pero ninguna cruza esa línea invisible que supuestamente existe entre nosotras. Ninguna se acerca a acariciar a Sevilla a pesar de mirarla con cariñito. Las saludo con amabilidad extrema para tratar de que entiendan que esa línea no existe pero no lo he logrado y por eso esta mañana cuando no las vi, cuando por fin pudieron descansar porque a muchas las vemos incluso los domingos, las extrañé y siento que uno de los muchos fracasos de este año es no haber logrado que entendieran que no hay líneas. Que su trabajo es tan valioso que lo admiro y lo respeto en extremo. Que el hecho de que yo vaya caminando con mi perra mientras ellas van hacia su trabajo, no significa que no tenga que buscarme la vida igual que ellas.
Ellas no estaban y yo las extrañé. No es lo mismo caminar sin su compañía. Ellas no estaban y lo único que deseo es que en cada una de esas casas a las que no llegaron hoy, las extrañen, las valoren y respeten.
Andrea López
Tw - Ig. @Anlopezco
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