Lo empecé a seguir
en el año 2008. Lo encontré de casualidad en alguna de todas esas corridas que
veía. Empecé a buscar videos y definitivamente tenía algo diferente. Algo que
me obligaba a seguir buscando, a seguir estudiándolo hasta decidir, sin darme cuenta,
que iba a ser mi torero. Después de ver faenas en desorden, hice una selección
en orden cronológico y descubrí su evolución, sus grandes virtudes y obviamente
sus falencias. De los fallos de Fandiño, el torero, solo hablaba con él. De los
fallos que, para mi, tuvo como ser humano, también hablé con él y de eso no
hablaré jamás.
De lo que sí quiero
hablar, o mejor, escribir, es del gran ser humano que conocí, guardando muchas
cosas solo para mí, pero después de siete meses y medio es el mínimo homenaje
que puedo rendir a quien fue, por encima de todo, un gran amigo.
La primera vez que
lo perdí
Antes de 2011,
sentía que Fandiño era mi gran tesoro escondido. Solo yo sabía (obviamente, como
yo muchos más) que había un gran torero nacido en Orduña, poderoso y valiente,
al que pocos conocían. Lo seguía en Twitter y como casi no escribía, cada
mensaje era una ventanita por la que podía ver un pedacito de Iván. Solo frases
célebres. Nada de fotos ni historias contando cada paso de su vida. Ese Twitter
tan simple me permitió descubrir que detrás de mi torero había alguien muy
interesante.
Llegó 2011 y sentí
perderlo. Fue el año en el que se convirtió en el torero revelación de la
temporada junto a David Mora. Ahora era torero de Madrid… ¿no podía elegir algo
menos ostentoso? Pues no. Él era así. O Madrid o nada. Nada de conformarse solo
con ser el torero de Andrea.
Lo bueno de perder
esa exclusividad fue que lo contrataron en Medellín y Bogotá para la
temporada 2012 y pude entrevistarlo. Nuestro primer encuentro fue una
vergüenza…
Había toreado el
día anterior una corrida de Santa Bárbara que no funcionó (solo un toro que le
tocó a Juan Solanilla). Era domingo y entrando a la novillada estaba en la fila
detrás de él. Iba a hablarle después de entrar pero alguien me paró, no sé qué
dije. ¡Lo estaba perdiendo una vez más!
Como pude dejé
atrás a mi interlocutor y como loca recorrí media plaza hasta alcanzarlo.
-
“Torero, buenas tardes. Soy Andrea
López del periódico El Mundo y quisiera entrevistarlo. Tengo muy poco espacio
pero no puedo dejarlo pasar por Medellín sin hablar con usted”. Todo eso
hablando muy rápido y con el corazón a mil.
-
“Claro”. Respondió él pausadamente.
Y ahí estaba Néstor
para salvarlo todo. Fue con él con quien pude hablar con calma y acordar la entrevista
pues ante mi torero me sentía como una hormiga frente a un elefante y me
acompañaba una absurda sensación de que hablarle era una falta de respeto.
Fue el único día en
que yo hablé más rápido que él.
El lunes a las once
de la mañana estaba yo sentada con mi torero en el lobby del Inter, mirándolo a
los ojos, desprendida de mis sensaciones anteriores, escuchando su carcajada
maravillosa por primera vez, convirtiendo nuestra entrevista en una
conversación de cómplices que parecían conocerse de toda la vida. Nos contamos
alguna que otra confidencia, nos permitimos burlarnos de un par de temas de los
que se hablaba por esos días en los corrillos taurinos y nos despedimos
sabiendo que ese par de desconocidos habían descubierto una conexión especial
que ninguno de los dos estaba dispuesto a forzar, pues una de las cosas que
teníamos en común era que necesitábamos nuestras distancias y eso nos hacía
absolutamente respetuosos de las distancias del uno y del otro.
Toreaba el festival
el siguiente viernes así que pasó toda la semana en Medellín. Nos encontramos
en el Inter antes de otra de mis entrevistas y de alguna manera acordamos
seguir en contacto. A partir de ahí, lentamente fuimos construyendo esa amistad
que duró hasta el 17 de junio pasado.
Iván el verdadero
Después de conocer
al torero, pude conocer a Iván, el verdadero. Aquel al que quiero que los demás
conozcan, manteniendo los límites que siempre tuve y que no se fueron con su
muerte.
Iván, el que llevaba
bufanda y jeans azul oscuro, era el ser más gracioso del mundo. No tenía nada
que ver con ese Fandiño de pocas palabras que ocupaba un rincón en los patios
de caballos. Unos días hablaba más, otros menos, pero siempre estaba muy atento
a lo que decías y apenas podía, pum, aprovechaba cualquier oportunidad para
burlarse de ti. Si lo que se le ocurría tenía que ver con algo que hubieras
hablado en privado, lo dejaba guardadito y te lo soltaba apenas tenía la
primera oportunidad.
Recibir una llamada
de él implicaba correr dos riesgos. Qué te preguntara si tenías tiempo para
hablar o que simplemente te soltara cualquier barbaridad que te dejara con
dolor de estómago de la risa.
Fui su confidente
en algunos momentos, pero sobre todo, él fue el mío y por eso su ausencia duele
más con el tiempo. Tenía el don de saber qué decirme y sobre todo, cómo
decírmelo. Eso de encontrar las palabras correctas en el tono correcto es algo
reservado para pocos. Respecto a cómo escuchaba cuando le planteaba cosas que
no compartía, solo voy a decir que nunca dejó de sorprenderme.
Sobre su toreo la
pregunta siempre vino de su parte y siempre escuchó sabiendo el profundo afecto
que existía en algunas cosas que me costaba decir. Obviamente eran solo mis
opiniones que él aceptó con con nobleza y humildad porque los amigos siempre se
dicen la verdad.
Después de algún
distanciamiento causado por una persona con el corazón negro, no se cansó de
repetirme cuanto se arrepentía de su equivocación. Esa primera conversación
sobre el tema. Esos cuarenta o cincuenta minutos en los que habló y habló sin
parar, los guardo en lo más profundo de mi alma y sellaron con un abrazo eterno
lo que sería una amistad infranqueable. Aprovecho estas líneas para decirle a
aquellos que intentaron distanciarnos que les estoy profundamente agradecida
porque solo lograron acercarnos y convertirnos en amigos incondicionales.
Después de eso me
brindó un toro en La Macarena. Un brindis tan sentido y profundo como su toreo.
Lo quise matar. Jamás fue para mi un trofeo ni me interesaba hacer alarde de
nuestra amistad. No podía regañarlo porque sus palabras fueron conmovedoras
pero él me conocía así que antes de recibir una llamada mía me mandó un mensaje
de WhatsApp: “No me riñas. Por favor”. Y hasta ahí llegó mi furia.
Dice el evangelio según San Juan en su último capítulo, “y hay también otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir”. En el caso de Iván y de Fandiño, es Néstor la persona encargada de contar lo que vivió con él en esa relación que más que de apoderamiento fue de hermanos. Una historia llena de valores, de lealtad, de principios escasos en la sociedad actual. Será Néstor en su libro, Mañana seré libre, quien nos descubra al Fandiño que tantos admiramos y al Iván que pocos conocimos. Él es el más indicado para hacerlo, lo mío no es más que el homenaje de una amiga.
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un saludo.
Divino Calvo